Para 2012, el campo de producción de cine
de animación en Latinoamérica estaba todavía estancado en una zona de
un gris absurdo. No siendo exactamente pésima, pero tampoco cayendo en
el terreno de la obra fílmica completa y memorable. Una ambivalencia en
la que la animación latina te puede dar un día una joya como "Here’s the plan" de la chilena Fernanda Frick o Anina de Alfredo Soderguit; como unas décadas atrás te presentaba "Bolívar, el héroe" o la infame: "El gran milagro".
Y aquí es justamente donde interviene la figura de Walter Torunier, un
prolífico animador y cineasta que en su larga trayectoria por el mundo
del análogo y del digital, ha utilizado la técnica del stopmotion para
crear cortometrajes de gran calidad como "La cama y Navidad en el caribe"; así, para 2012, estrenaría su primer largometraje: "Selkirk, el verdadero Robinson Crusoe".
Rescatando a
Alexander Selkirk, marinero escocés que luego de ser abandonado por el capitán
de su barco en una isla desierta, en la zona central de Chile, el archipiélago
de Juan Fernández; experimentara por cuatro años y cuatro meses la vida de
náufrago. Obligado a adueñarse de la isla y sus recursos para encontrar un modo
de sobrevivir en mitad del mar. Su historia y su gran aventura serían base para
el escritor Daniel Defoe en su obra: "Robinson
Crusoe".
Es una novedad
con respecto a las adaptaciones de la historia de Robinson Crusoe, que desde
1947 los soviéticos la adaptaron aprovechándose de la tecnología del cine en
relieve; pasando por 1954 con el gran Luis Buñuel, con una obra que destaca por
su mediocridad en medio de la gran creación del español. Pero el uruguayo lo
hizo de mejor manera aun, volteando está vez hacía la figura original: el
propio Alexander Selkirk y su travesía por mares (y cineastas) americanos.

Selkirk es,
junto a Juan Fernández, uno de los marineros cuyas exploraciones son apreciadas
aun a día de hoy por cartógrafos y navegantes. Deambulando por los mares y las
costas americanas, Selkirk ha dejado un legado que lo persigue como los peces
persiguen al naufrago pensando que es una animal muerto flotando en el mar.
En cambio,
Crusoe, representa por excelencia al colonialismo británico y al hombre
perfecto de la etapa posterior a la ilustración francesa. La superación de los
obstáculos por medio del intelecto y la habilidad. Es el capitalista perfecto
que se adueña de un territorio al cual considera suyo desde un principio y
prospera sin necesidad más que de su capacidad y su astucia, un creyente de la
justicia divina, templado y prudente como todo “buen” cristiano y actúa según
una eficiencia máxima.
Y al otro lado, en la adaptación
cinematográfica hecha por Tournier. Alexander Selkirk, fiel a sus
orígenes escoceses es un pelirrojo barbón, flaco como su padre Tournier,
tras cuya pinta de marinero se esconde un manipulador nato. Un
retórico, en las leyes socráticas, que con su astucia manipula a un
conglomerado de piratas para robarles hasta el último chelín que les
quede, hasta el límite de robarles incluso el dinero que no han ganado.
Es un hombre inteligente, pero que usa sus virtudes sin mirar a la
justicia como bien final. Un líder, en cuyo corazón egoísta todavía
existe un gramo de bondad que le hará arriesgar el pellejo por el mono
polizón de su amiga o hasta luchar contra la tempestad para rescatar a
su compañero Robin.

Es un hombre
de moral ambivalente, que le da lo mismo si te deja sin una moneda en el
bolsillo. Es un alma enferma navegando los siete mares. Puede que esa sea la
enorme planta que devora lentamente el barco, alimentada por el ron que es
guardado con recelo por el capitán Bullock. La tripulación la ve crecer, parece
ser consciente de ella pero, al mismo tiempo, no le importa, como si la planta
siempre hubiera estado ahí o solo sea una cuestión de suerte que aparezca
pegada a las paredes del barco. Hasta
que finalmente despierta en contra del propio barco que en su estado etílico la
ha alimentado de vicios. Los devora hasta que eventualmente Selkirk debe luchar
contra ella, como una metáfora de la soledad que experimentara en unas horas,
donde deberá enfrentarse a su propio mal, el cuál no tiene forma ni cuerpo como
si lo tuvo la planta.
Y es que la
falta de moralidad de Selkirk queda clara en las escenas que aparece junto a
Gertrudis, la estampa de la ternura y la rudeza, con ese cierto grado de
carisma que tienen los «niños perdidos». Un deseo de amor ha obligado a la
camarera a arribar de polizón al barco de Bullock (como una cólera que navegara
el océano entero por su amor) y fingir ser un varón cocinero, cuyo secreto
quedara en las manos de Selkirk quien, sin ser un buen amigo, la soborna para
mantener vigilado al Capitán Bullock.
Gertrudis es
una figura salvadora para una tripulación casi desterrada de la civilización en
su barco de barriles de ron y juegos de azar. Ella –o él– trae el decoro y la
moderación a la hora de comer y una cierta maternidad para sus compañeros, a
quienes prefiere servirles los gansos cuando no quedaba más comida y darle al
capitán ratas asadas. Es un ancla para Selkirk que lo mantiene aferrado a su
último gramo de remordimiento, quien no vera el valor de sus consejos hasta que
se ve abandonado y sin amigos en una isla al final del mundo.
Una
tripulación que navega sin un buen jefe a la cabeza. Ya sea Bullock, la figura
de un tirano autoritario y avaro que solo le falta los cuernos para ser la viva
representación del mal en la tierra. O ya sea Selkirk, una forma de tirano que
abusa de sus habilidades y su suerte. Es, en sí, un barco sin rumbo, no solo
por la ausencia de un justo capitán, sino por el hecho de que, aun llegando al
tesoro, ninguno de la tripulación –salvo Selkirk– recibirá su parte del botín,
gastado en peleas y apuestas.
Para la mitad
de la película seremos testigos de un cambio importante, el antihéroe se ira
transformando, el egoísmo, la codicia y el individualismo del protagonista se
irán transformando, con la experiencia, en sentimientos mucho más nobles (y la
historia muta de los viajes de Slekirk a la obra de Defoe).
La virtud –con
sus dones diversos– nace de la inspiración de una naturaleza honesta, debido al
sentimiento innato del bien, que la precede y que la crea.El hombre castigado, a
veces, es mucho más dichoso que aquel que huye de su castigo. Para Selkirk este
es un castigo divino, por una vez, su suerte no es suficiente para derrotar al
malvado Bullock. Abandonado en una isla y sin más recursos que seis balas y una
pistola deberán sobrevivir. Pero el destino le sonríe, la desolación inicial
lentamente se va transformando, así como el protagonista, en una suerte de
paraíso perdido. Este es el punto en el que Tournier más se ha aproximado a la
figura de Crusoe. Cuando por fin empieza a adaptarse a la soledad e instalarse
en la isla, apropiándose de sus recursos para construirse una casa, descubre
que no está solo en ella, ya que los animales nativos de la isla empiezan a
acostumbrarse a Selkirk, quien les llamara “Lordy” –loro parlanchín o el Polly
de Buñuel– y “Duke” –un gato salvaje que mantendrá alejado a las ratas o
conocido para algunos como Sam–, con quienes forjara una sincera amistad ¡¿Y
dónde está Viernes y Fox?!
James Joyce,
escritor irlandés, menciona que Robinson es la figura del hombre hecho a sí
mismo, la perseverancia incluso en las más difíciles condiciones. Y en la
película, Selkirk es eso mismo, ha convertido sus precarias condiciones en un lujo.
El tesoro que no pudo conseguir en el “Esperanza” lo encontró en sus nuevos
amigos, en su nuevo hogar. Aquí es donde entra la Economía de Robinson Crusoe, que es un marco simple para estudiar
el comercio y la relación entre el productor y el consumidor. Dando por
supuesto un comercio donde solo exista un agente, un productor que es, a la vez
su consumidor. En este supuesto se puede estudiar la influencia de las decisiones
que tomara Crusoe para encontrar el equilibrio –en microeconomía– entre trabajo
y ocio. Una evaluación que se puede transportar al campo de manejo de bienes o
al campo de la economía del desarrollo y los sistemas de ahorro e inversión.
Y de toda la
película, puede que sea el final el que te deja ese sabor de película
didáctica. Me explicó: Selkirk, al alejarse de la civilización y regresar a una
suerte de estado natural de Rosseau, movido por dos impulsos básicos: el autoestima
(Selkirk saciara sus necesidades) y la compasión (aun en su hambre dejara ir
libre a la pequeña tortuga). Pero cuando regresa su contacto con la sociedad y el
contrato social reclama su poder (basado en la voluntad general) derribando la
puerta. Selkirk abandonara su paraíso, será desterrado, para regresar a la
sociedad egoísta que lo consumió en primer lugar, casi imitando al destino
fatal del original Alexander Selkirk, morirá en mitad del mar de fiebre
amarilla o eso sospecho. ¿Por qué no se queda? Ha sido mucho más feliz en esa
isla que en toda su vida de marinero ¿Por qué rechazaremos siempre el paraíso
por un inmenso mar de peligros? Claro que en la obra de Defoe, Crusoe anhela
regresar a su añorada Londres pero en el libro sí exploras –algo que no queda
muy claro en la película– esa progresión de sentimientos que parte de la
nostalgia a la soledad que justifica el regreso de Crusoe a la sociedad (una
suerte de Tarzan contada a la inversa).
Y quizá esto signifique su cambio de
nombre al final de la película, con la última bala que hubo de guardar
para Bullock dispara hacía la isla y entierra sus tesoros. Quizás
aquella bala fuera dirigida directo al corazón de Selkirk, quien moriría
en la costa, mientras Robinson Crusoe se marcharía con un rumbo
incierto en un mundo donde el azar es moneda de cambio para el hombre
histórico.
Excelente. A ponerse las pilas para seguir publicando.
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